Lula gana como siempre y seguirá gobernando en Brasil

El histórico presidente logra un cuarto mandato tras una remontada in extremis a Flávio Bolsonaro

El histórico presidente logra un cuarto mandato tras una remontada in extremis a Flávio Bolsonaro.

Lejos de lo que muchos hubieran podido considerar, más aún después de que hace tan solo unas semanas, el hijo del expresidente Jair Bolsonaro – ahora entre rejas por tomar ilegítimamente las Cortes después de perder las elecciones de 2022 –, Flávio Bolsonaro, lograse en la primera vuelta de las votaciones evaporar la simple posibilidad de que algún otro candidato a la presidencia de Brasil le tosiera, Luiz Inazio Lula da Silva – Lula, para amigos, conocidos y para los no tanto – volvió a triunfar.

La figura del hasta ahora presidente, ahora reelegido, se ha erigido de entre unas cenizas donde la izquierda brasileña parecía haberse sumergido hace tiempo. La reacción al resultado electoral, instantes después del escrutinio, emergió tan ecléctica como peliaguda. Mientras el hombre victorioso, el maestro de la política, trabajador de los nueve dedos, leyenda del socialismo, festejaba un triunfo que le hará alargar cuatro años más – hasta los 84 – su mandato, el vencido, vástago y heredero del legado Bolsonaro, la sonrisa de las calles, la promesa de cambio, aquel para los que Lula era un vetusto líder populista, se rodeaba amargado de sus más allegados para pronunciar con la rabia del perdedor: “Es imposible reconocer las elecciones de la manera que ocurrieron. Voy a pedir la anulación de las elecciones. Nuestros fiscales fueron retirados. Hay mucha cosa que debe ser esclarecida. Yo no voy a desistir de mi Brasil”.

Resulta que, a fin de comprender en la integridad de los hechos el sorprendente sorpasso que desde luego no ha dejado indiferente a nadie, han de entenderse algunos factores que han podido conducir a la victoria de Lula. El 4 de octubre, el diario español El País abría con una fotografía de un Bolsonaro alegre que celebraba la cómoda ventaja en la primera vuelta electoral que, al no alzar a ningún candidato más allá del cincuenta por ciento de los votos, devenía al balotaje o segunda vuelta. El rotativo entonces rezaba: “se acaricia el retorno de la ultraderecha en Brasil”, con un primer párrafo poco más lúcido que esgrimía: “La ola ultraconservadora que recorre América Latina se ha apuntado este domingo en Brasil una victoria crucial con visos de ser definitiva en tres semanas”.

Lula se mostraba perplejo ante el que consideraba un “resultado inesperado”, para después enfatizar: “Flávio Bolsonaro representa la incertidumbre”. Lo cierto es que, a lo largo de las siguientes tres semanas, Brasilia, Río de Janeiro y el resto de enclaves administrativos del país de la samba colmaron sus periódicos locales de referencias que confrontaban a uno y otro de los políticos. Porque lo que había en juego en Brasil no era un asiento presidencial, sino la deriva del Estado: alinearse con la mayor potencia de América, Estados Unidos, o tratar de encajar en el mapa del llamado Sur Global, donde China y Rusia son los capitanes de un buque aún sin un rumbo fijo.

Lo que sucedería en uno de los acalorados debates de la televisión brasileña fue un cruel y personal cruce de argumentos que se convirtieron en acusaciones infundadas y casi más rencorosas e infantiles que políticas. Jair Bolsonaro, joven, dicharachero y sentencioso, se refirió a Lula como el “nueve dedos”, a lo que el presidente respondió que había perdido una de sus herramientas táctiles por trabajar en deplorables condiciones durante su juventud, algo que nunca había hecho el de derechas, según Lula.

Pocos días después, y en vista de esta particular anécdota y la repercusión que tienen hoy en día las manifestaciones sociales, Bolsonaro se disculpó públicamente por este arrebato, a pesar de que el mismo Lula le había llamado “miliciano”, o director de servicios paramilitares que controlan a través del miedo y el dinero las favelas de Río de Janeiro.

Las últimas horas concernientes a las elecciones sucumbieron a la epicidad, a veces inverosímil, de las verdaderas obras griegas. Cuando todo parecía conducir a un cierre normativo de los colegios, Lula advirtió de que la jornada se extendería dos horas más, en un inédito giro, para que aquellos que no hubieran podido, o querido, acudir a las urnas dispusieran de una insólita segunda oportunidad.

Horas más tarde, lo inimaginable se hizo realidad y Lula da Silva consiguió revalidar su mandato, con cuatro millones de votos sobre Flávio Bolsonario. El candidato del Partido Liberal, realmente conservador, hizo extensible su desconfianza y cuestionó frente a las cámaras que Lula hubiera podido crecer en casi once millones de votos desde la primera vuelta, tres semanas atrás. Para él, era realmente sospechoso que todos los apoyos a los candidatos que se quedaron en el camino, más una buena parte de las papeletas en blanco y otro tanto de aquellos absentistas de la primera ronda diesen ahora su beneplácito al veterano Lula.

El socialista clamó un discurso en el que aseguraba que Bolsonaro también se había beneficiado de la prórroga electoral y del aumento de votos desde la primera vuelta. El resultado, aunque numeroso en apariencia por la cuantía de apoyos, se tradujo en apenas un 51,79% de ventaja para Lula frente a un 48,21% para Bolsonaro Jr.

La izquierda, dicen los de izquierdas, frena el acelerón de la derecha en Iberoamérica. Lula sigue, gana, remonta. Es invencible, por lo civil o por lo criminal. Tal vez haya que revisar los mecanismos. Tal vez su victoria sea justa. Quién sabe. La leyenda continúa.

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