Donde todo se encuentra

Un camino confluye junto a otro cuando, a riesgo de escindirse y vagar por rumbos remotamente distintos, ambos hallan una solución que apaga la deuda del meandro. Por ese caudal, tal vez navegara cual bergantín un animado salmón que, sin miedo a quedar atrapado entre los trémulos hierbajos acuáticos que se yerguen pegajosos por las extremidades de las piedras sumergidas, o del repentino asalto de un oso que no haya desayunado con el suficiente sentido del mediodía, dirige su camino hacia un destino que aún desconoce.

Si nos esforzáramos – si yo mismo me esforzara un poco más, tan solo lo justo y necesario – por comprender mejor nuestro mundo, acabaríamos llegando, en conjunto como estos dos riachuelos que unidos convergen en un agua brava pero serena, avivada pero hasta cierto punto regular, tajante, solemne y una infinidad de adjetivos más que denotarían su imprescindible condición de agua dulce – pongamos de las sierras del sur de la Península –, a una conclusión que favorecería con insospechada riqueza nuestro anhelo de autorrealización. Si Sócrates, extenuado por las crisis atenienses Sócrates, hubiera dado su brazo a torcer – y en su derecho hubiera estado, pues a él le eran reconocidas su bondad y empatía además de su sabiduría – en alguna ocasión, ya no hablaríamos de Sócrates. Porque Sócrates dudaba. Y hacía a los sofistas dudar. ¿Qué es la belleza?, preguntaban por aquí y por allá. Nuestro pobre y humilde profesor se limitaba a encogerse de hombros y disfrazar un profundo conocimiento de modestia y razón: solo sé que nada sé.

Si la política fuese tan sencilla como Platón la planteó, si los municipios y alcaldías se resolviesen como espacios pretorianos; si la economía fuese un trueque donde oferta y demanda bailasen con intimidad y sin pisarse los pies; si tan solo la filosofía fuese tan sencilla como detenerse frente a un atardecer,… Si el arte no fuera sino la representación de lo humano y no lo divino; si la teología nos ayudase a entender por qué somos y a quién buscamos; si la historia nos hiciese no cometer una y otra vez los mismos errores,…

Amanece. Leo un poema de Whitman. El autor escupe las densidades del alma, mancha la noche con algo de luz. ¿El arrebol nace o languidece? Admiro cuando luna y sol se alinean, como si uno de los dos esperara a que el otro se despidiese antes de abandonar la oficina. Hemos estado años, siglos, esperando este momento de la humanidad. ¿Y dónde está ahora? Solo hemos aprendido un poco de arte, los pocos que sobrevivieron al paso de los sesgos, la enajenación y el deseo. Nada se ha descubierto aún.

He escuchado que somos herederos, enanos a hombros de gigantes.  ¿Tenemos una misión? ¿Existimos?

Hay un momento, preciso como el lapidario y tenaz repiquetear de la aguja del reloj arañando segundos al tiempo vivido y por vivir, en el que el agua deja de ser agua. Y lo que hemos soñado desaparece. Ponemos la mente en blanco, un blanco quedo, blanco exento de mecanismos y blanco habitación infantil, para soñar. Y en ese instante conservamos algo que merece la pena. Y esa es la verdad. El agua vuelve a ser agua y el flujo debe decidir si moja sus integridades en el mar o si huye hacia lo próximo. El salmón, sin embargo, muchas veces no puede elegir. Fue llamado para un fin.

La política nos ayuda a entender quiénes somos. Tal vez. La filosofía nos ayuda a otorgarle un sentido a ese entendimiento. Todo nos afecta. Somos seres sensibles. Han intentado que el agua sea roja o verde, gélida o hirviente. Nos han dejado sin caudal. Hay un chorro que a veces ilumina el paso del río. La naturaleza como Creación, como objeto místico. Relaciones internacionales y Pensamiento. La especialidad brinda astucia. Dignitas te acompaña. ¿Eres agua o eres salmón?

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