La generación que lo sabe todo y no recuerda nada

En la Atenas clásica, Sócrates se enfrentó a los sofistas y a los ciudadanos que repetían tradiciones sin reflexionar. La ironía socrática ponía de manifiesto el reconocimiento de la ignorancia. De ahí su famosa cita: «Solo sé que no sé nada» (siglo V, a.C). Para Sócrates, el pensamiento crítico se esfuma cuando tenemos la impresión de que ya lo sabemos todo. Por ello, su método se basaba en interrogar a «expertos» hasta hacerles entender que aquellas bases donde asentaban sus conocimientos eran contradictorias.

Sócrates no entendía la educación como transmisión de contenidos, sino como un proceso de descubrimiento interior; de ahí nació la mayéutica (maieutiké): el arte de hacer preguntas para descubrir por uno mismo la verdad. El conocimiento no se impone desde fuera, sino que despierta desde dentro. Es un acto de sabiduría, un fenómeno de aprendizaje que se cultiva desde lo más profundo del ser.

Desde los diálogos platónicos, aprender era recordar lo que el alma ya sabe. No es cuestión de recitar verdades absolutas, sino de entrenar el pensamiento. Por tanto, la educación del sujeto no es una cuestión intelectual, sino una cuestión moral. Una sociedad debe ser capaz de entrenar mentes capaces de discernir el pensamiento crítico, cuestionar las creencias del mundo y buscar, ante todo, la verdad y la virtud.

Recreémonos en el concepto de estudiante. ¿Qué es un estudiante? Desde la dimensión ontológica del ser, es un sujeto en constante transformación y búsqueda de la verdad, cuya esencia radica en el asombro. Platón y Aristóteles comulgaban con el pensamiento como consecuencia del thauma (asombro, sorpresa, maravilla). El estudiante es aquel que no da por hecho el sistema ordinario del mundo, sino que interroga la realidad que le rodea y convierte la ignorancia consciente en el motor de su existencia.

Ahora bien, ser un estudiante en el siglo XXI ha modificado la leyes de la educabilidad. El sujeto activo y autónomo es ahora una vasija que se llena de datos, un imán de conceptos abstractos y artificiales que no cuajan en la interioridad del ser. La apertura a ser moldeado, perfeccionado y completado ha dejado de ser una condición para convertirse en una sumisión. En la tradición clásica, el estudio era cultivar el alma y aprender a vivir con sabiduría y virtud (paideia). La educación actual es testigo de una de las mayores pugnas en la racionalidad humana. Una comprensión profunda ensombrecida por la mera operación computacional, erosionando el pensamiento. Existe una especie de control semántico que manipula las creencias y opiniones, dando paso a una evasión del criterio humano.

La eficiencia digital está ganándole la partida al diálogo comunitario y el pensamiento intrínseco del ser. Los algoritmos navegan por los sistema electrónicos invadiendo mentes pensantes encarcelándolos en un hedonismo vacío y desierto. La educación se limita a llenar la mente de datos, ignorando el estímulo de la curiosidad y el deseo de aprender. El estudiante ha hecho una tregua con el asombro, sustituyendo la curiosidad y el cuestionamiento profundo por un consumo pasivo de estímulos digitales. Se está perdiendo la adicción a la certeza a cambio de poner en valor respuestas simples y rápidas, rechazando la duda metódica como motor del conocimiento. Dudar no como puerta de entrada a un escepticismo destructivo, sino como un filtro depurador que rescate el pensamiento crítico.

La mayéutica se presenta como una necesidad para dar a luz a la verdad. Lejos de imponer ideas, ayudar al prójimo a parir sus propios pensamientos mediante preguntas punzantes. Enfrentar la pérdida de la crítica como motivo para replantearse la vida en uno mismo. «Una vida no examinada no vale la pena ser vivida» (Sócrates, s.IV a.C).

Es la motivación interna del ser la que permite tener una brújula orientativa hacia el aprendizaje. Los educadores de la Antigua Grecia no solo transmitían conocimientos, sino que inspiraban a investigar, preguntar y construir ideas propias. El aprendizaje deja entonces de ser una obligación para convertirse en una motivación por aprender y ser mejor persona.

La educación de los tiempos que corren pide a gritos recuperar esa motivación y empezar un proceso de reconstrucción de conciencia. Un proceso que rechace ideas dogmatistas e implante el análisis racional y la duda metódica. Una diálogo que permita construir una opinión crítica y fundamentada que ponga pie en pared a la pereza intelectual y al fanatismo ideológico.

«La educación no es el llenado de un recipiente, sino el encendido de una llama» (Sócrates, s. V a.C).

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