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Casi dos meses después de la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta, los habitantes de la ciudad autónoma española ven lejos el día de regresar a la normalidad. De los alrededor de 80.000 extranjeros que entraron por el Tarajal de la mano –por acción u omisión– de Marruecos, aún quedan entre 3.000 y 10.000, dependiendo de la fuente. La playa del Trampolín es ya una ciudad paralela –con sus tiendas, barberías y mercadillos improvisados–, el puerto se ha convertido en un campamento que no da abasto, y los ceutíes siguen con miedo a salir a la calle y sin poder retomar sus vidas.
La magnitud de este suceso –llegaron a entrar tantos extranjeros como habitantes tiene la ciudad– sumado a las reclamaciones territoriales de algunos ministros marroquíes y a la pasividad del Gobierno, obliga a hacerse una pregunta: ¿acabará Marruecos algún día arrebatando Ceuta (y Melilla) a España? Desde el 30 de julio, tres ministros y un exmiembro del Gobierno alauita han declarado públicamente la marroquinidad de ambos territorios. La sorpresa de estas palabras se limita únicamente al momento en el que se producen y la nula respuesta diplomática que suscitan, pero no son una novedad: el irredentismo marroquí está impregnado en las élites alauitas desde que existe el Estado moderno de Marruecos; y es una de las líneas maestras en torno a la que el Majzén diseña su política exterior.
El sueño del Gran Marruecos
En 1956 Marruecos ya es independiente, pero para algunos nacionalistas el proceso no ha terminado: la soberanía del nuevo Estado no abarca todo el territorio que debería y nace el concepto del Gran Marruecos. Allal El Fassi, líder del partido del Istiqlal, comienza a difundir este proyecto. Su tesis concibe un Estado que abarca el actual Marruecos, el Sáhara Occidental, Mauritania, zonas de Argelia y Malí y territorios españoles como Ceuta, Melilla y Canarias.
Pero la tesis irredentista no quedó circunscrita al Istiqlal. La evidencia de que la monarquía alauita había terminado por asumirla está en el discurso que Mohamed V pronunció en M’Hamid, junto a la frontera argelina, el 25 de febrero de 1958. Allí celebró la “fidelidad al trono alauita” de las tribus saharianas y su apego a una “nación marroquí, una e indivisible”, antes de proclamar: “Continuaremos nuestra acción para el regreso de nuestro Sáhara […] en el marco del respeto a nuestros derechos históricos”. Las ideas de El Fassi llegaron pronto a España. Ya en 1961, el diario ABC se hace eco de una nota del periódico ‘Al-Alam’ con “afirmaciones tan inadmisibles” como esta: “Liberaremos a la Mauritania y al Sahara, Ifni, Ceuta, Melilla, Saquia el Hamra, Islas Chafarinas y demás territorios usurpados”.
El proyecto del Gran Marruecos no se ha perseguido siempre con la misma intensidad. Mauritania dejó de ser reivindicada oficialmente en 1969 –casi una década después de que la ONU reconociera su independencia–; y con Argelia, las disputas fronterizas desembocaron en la Guerra de las Arenas (1963-1964). A partir de entonces, y hasta ahora, el Sáhara Occidental se convirtió en la gran prioridad. La ‘Marcha Verde’ –unos 350.000 marroquíes, la mayoría civiles, ocuparon el territorio saharaui– precipitó la retirada española del Sáhara en 1975 y Rabat ha dedicado desde entonces grandes esfuerzos a asegurar su control sobre el territorio. El giro repentino de Sánchez en 2022 –sin previa consulta en el Congreso y de espaldas a la postura tradicional española– y los apoyos de EEUU o Francia al plan de soberanía marroquí supuso un enorme avance para esa estrategia.
¿Y después del Sáhara? Consolidado de facto el objetivo principal, las miradas se dirigen ahora a Ceuta y Melilla. El 21 de agosto, el ministro de Justicia, Abdellatif Ouahbi, reclamó el “derecho histórico y geográfico” de Marruecos y llamó a abordar su “retorno al seno de la patria”. Tres días después, el ministro de Asuntos Islámicos, Ahmed Tawfiq, hizo referencia –en el Palacio Real, delante de Mohammed VI y del príncipe heredero– al imán Al-Jazouli para inspirar a los marroquíes “en su movilización para liberar las ciudades ocupadas en el Océano Atlántico al comienzo de la era moderna”. El 3 de septiembre, el ministro de Obras Públicas, Nizar Baraka –por cierto, secretario general del Istiqlal fundado por El Fassi–, afirmó que Marruecos no retrocederá ni un solo palmo de su territorio nacional”. Y no había pasado una quincena desde el día del asalto cuando el ex primer ministro Saadedin El Othmani declaró lo siguiente: “No es una opinión, es un hecho. Esta es la firme posición de todos los marroquíes. Ceuta y Melilla son dos ciudades marroquíes”.
A la vista está que la cuestión está lejos de haber desaparecido. Pero los últimos ejemplos forman ya parte de una larga hemeroteca. El propio El Othmani (2020), el presidente de la Cámara de Consejeros, Enaam Mayara (2023), la constitución del ‘Comité Nacional para Reivindicar la Liberación de Ceuta y Melilla’ (2024)… Y por si quedara alguna duda de que esto forma parte de una política que parte del propio estado, quepa recordar el testimonio del periodista Manuel Román, que cuenta lo que el propio Hassan II le dijo en 1978: “Un día me pasearé por la Gran Vía madrileña cuando Marruecos haya recuperado las plazas de Ceuta y Melilla”. Pero es que esta tesis ha encontrado defensores incluso en España. La exministra socialista María Antonia Trujillo afirmó en Tetuán que Ceuta, Melilla, peñones e islotes “suponen una afrenta a la integridad territorial de Marruecos” y son “vestigios del pasado”.
El papel no sostiene la soberanía
¿Son todas estas pruebas suficientes para asumir que, antes o después, Rabat se lanzará de manera decidida (aunque sea de forma relativamente pacífica) a “recuperar” Ceuta y Melilla? ¿Puede un vistazo a la historia hacernos interpretar el asalto por la playa del Tarajal como un simulacro de ‘Marcha Verde 2.0’? Hace setenta años que Marruecos y España no cruzan una bala, pero sí ha habido tensiones recurrentes. Desde Perejil (2002) hasta las crisis de Ceuta (2021) y Melilla (2022), en las que Mohammed VI ya utilizó a sus súbditos como arma de presión. Pero esta última ha sido distinta. Por la cantidad, por la aparente organización y por el impacto que ha tenido en la cotidianidad de una ciudad española.
Entonces, ¿está garantizada la soberanía española sobre Ceuta y Melilla a medio plazo? Está por ver si Marruecos está dispuesto a asumir el coste de intentar arrebatarlas (aunque la fuerza de su lobby y sus buenas relaciones con Estados Unidos o Israel no son una buena noticia para España), pero está claro que España no puede confiar su integridad territorial a la “buena voluntad” de su vecino del sur. La palabra ya no basta para proteger la soberanía. Cuando Pedro Sánchez se remite al Tratado de Wad-Ras (1860), resuenan clarividentes estas palabras de Ernst Jünger: “Los periodos prolongados de calma favorecen ciertas ilusiones ópticas. Una de ellas es la suposición de que la inviolabilidad del domicilio [o de las fronteras] se funda en la Constitución [o en el Derecho internacional], se encuentra asegurada por ella (…)”. Es decir, que “es el hombre el que sale garante del juramento, no el juramento el que sale garante del hombre”.



