¿Cooperación o portazo a Marruecos? La cuestión de Ceuta

Como todos sabemos, Ceuta sigue siendo el centro de las noticias nacionales tras lo ocurrido  los pasados 30 y 31 de julio, cuando 80.000 inmigrantes aproximadamente (según el ministro  de Política Territorial y Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres) cruzaron la frontera  ceutí. El presidente del Gobierno calificó los hechos como “violación de la integridad  territorial”, aunque exculpó a Marruecos, responsabilizando únicamente a las  mafias que trafican con personas. 

Resulta difícil de creer que las autoridades marroquíes no supieran que 80.000 personas se  acercaban a Ceuta, mientras el rey Mohamed VI celebraba la fiesta del trono a pocos  kilómetros en Tetuán. El pasado 2 de septiembre, decenas de miles de españoles se  manifestaron por Ceuta, achacando no solo a nuestro vecino norafricano, sino también al  Gobierno de España de una gestión ineficiente frente a esta gran crisis humanitaria. Esta ha  generado en muchos una pregunta fundamental: ¿Es beneficiosa la colaboración entre España  y Marruecos para ambas partes, o, por el contrario, el Reino de Marruecos no es un socio  fiable? 

La complejidad del asunto no es algo reciente, sino que tiene sus orígenes varios siglos atrás. Ceuta fue conquistada a la Dinastía Meriní por Portugal en 1415, y posteriormente fue  incorporada al Imperio Español en 1580 durante el reinado de Felipe II. Por otro lado, Melilla  fue adquirida de la Dinastía Wattasí por los Reyes Católicos en 1497. En otras palabras,  ambas ciudades llevan varios siglos siendo españolas, mucho antes de la creación del Estado  moderno de Marruecos, e incluso antes de la llegada de la dinastía Alauí a la región (actual  dinastía gobernante). Además, Marruecos reconoció la soberanía española sobre ambas  ciudades en el Tratado de Wad Ras (1860), tras una guerra entre ambos reinos. No obstante,  cabe destacar entre los argumentos marroquíes que, desde la creación del Estado moderno,  estas ciudades no han dejado de ser reclamadas por autoridades marroquíes ante organismos  internacionales, como la ONU. Defienden que las plazas españolas pertenecen a la órbita  marroquí por proximidad geográfica, por la creciente demografía en las ciudades y critican a  España de mantener “enclaves coloniales” en territorio africano.  

Aun así, habiendo albergado la historia, volvamos a la actualidad. A día de hoy, España y  Marruecos son más dependientes el uno del otro de lo que uno pudiera imaginar, aunque uno  más vinculado que otro. Las exportaciones españolas al país del Atlas en 2025 se estiman  en un total de 12.300 millones de euros, mientras que las importaciones supusieron 10.427  millones aproximadamente, según el ICEX. Principalmente exportamos petróleo refinado,  vehículos y alambre de cobre, mientras recibimos sobre todo hortalizas, frutas y alimentos del  mar, además de productos industriales. Si ponemos en perspectiva estos datos, las  exportaciones españolas a Marruecos suponen 3,2% de todas las exportaciones españolas en  el mundo, mientras que las exportaciones marroquíes a España suponen un 18% de todo su  total. Aquí es donde se observa una clara diferencia.

Por otro lado, el Gobierno español ha firmado numerosos acuerdos con el país magrebí en  cuanto a materia de educación y cooperación judicial, sin olvidar que España es el segundo  país del que más turistas recibe Marruecos (4,6 millones anuales). Asimismo, el 25% del  suministro eléctrico marroquí depende de la energía que llega desde España y el 100% del  gas natural que exporta pasa por plantas de regasificación del Estado ibérico. Sin embargo,  entre los diferentes ámbitos de cooperación es el de inmigración el más polémico. 

Nuestro presidente, Pedro Sánchez, afirma sobre el vecino sureño que “su cooperación es positiva en el ámbito migratorio”, aunque los datos no respalden dicha declaración. Antes de lo ocurrido este verano, tenemos otros precedentes como en 2021, cuando unos 10.000  inmigrantes saltaron la valla de Ceuta justo un mes después de que España recibiese al líder  del Frente Polisario por asuntos de salud. La respuesta del Gobierno español ante este suceso,  para sorpresa de todos, fue el reconocimiento de la postura marroquí en el Sáhara Occidental.  Marruecos no solo ha seguido utilizando la presión migratoria como herramienta política, sino que tampoco ha cumplido con el acuerdo bilateral de retorno firmado por ambos en  2007. Ni un solo menor marroquí no acompañado ha sido repatriado desde nuestro país desde 2012, reflejando la falta de colaboración de Rabat.  

No obstante, sería ingenuo pensar que España puede prescindir de Marruecos fácilmente. El  reino alauita es el tercer mercado para las exportaciones españolas (solo detrás de EEUU y  Reino Unido) y el hecho de que sean tan dependientes de la península en el plano energético también hace que sean el segundo mayor importador de gas natural español. Además, la  participación conjunta, junto a Portugal, en la Copa del Mundo de 2030, requiere  colaboración institucional y logística entre ambas potencias (aunque también se ha generado  polémica acerca de la sede de la final).  

Como consecuencia, Marruecos no es un vecino fiable, pero tampoco es un país del que  podamos prescindir. No solo es nuestro vecino, sino un socio importante en comercio,  materia energética y otros servicios. Por ende, cerrar fronteras o cortar relaciones, no sería  una solución realista, sino cooperar en intereses comunes, pero sin renunciar en defender con  firmeza la soberanía y la integridad territorial española, siempre que entren en juego. Para  ello, es esencial reducir la dependencia económica con Rabat y buscar nuevos mercados. No  se trata de alejarse de Marruecos necesariamente, sino relacionarse con él desde una posición  de mayor autonomía, anteponiendo el pueblo español.

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