“América para mí”

Se dice aquello de “el mundo es un pañuelo”. Pues, para Donald Trump, todo el mundo es Estados Unidos. Digo esto porque, hace unas horas, el presidente de los Estados Unidos de América ha compartido una foto en sus redes sociales de todo Norteamérica bañada con la bandera de las Barras y Estrellas. No deja de ser llamativo el pulso político que estamos viendo en los últimos tiempos dentro del Estado americano. Trump no parece haber perdido la costumbre de jugar con los mapas como si se tratara de un Risk. Ya lo vimos cuando cambió el nombre del Golfo de México por El Golfo de América. Y sí, incluso en Google Maps ya aparece con esa denominación.

En esta ocasión, Canadá, México, Cuba, Groenlandia e Islandia han sido todas cubiertas por la bandera estadounidense. Cuba y México parten de una rivalidad histórica y siguen fijas en esa espiral de “quiero y no puedo”. Pero esto no acaba aquí, ya que la mirada del presidente se extiende mucho más allá. De todos se sabe la debilidad de Trump por Groenlandia, tierra tan deseada pero que no está dispuesta a dejarse adquirir. Islandia ya parece ser un capricho inocente que, desde el mando islandés, no toman muy en serio.

Este resultado de países anexionados, para Trump, corresponde a la “Nueva América”. Y ahora se plantea una cuestión: ¿hasta qué punto el orden internacional y la dignidad estatal van de la mano? Vivimos en unos tiempos convulsos, poco claros, que no dejan de despertar incertidumbre en el ciudadano. Los canales de información del Gobierno pasaron a ser casi propiedad de su presidente, en una especie de monopolio informativo armado con su valiosa IA, representando aquel paisaje ficticio que creó en Gaza como un nuevo mundo.

Si uno se para a observar este tipo de cosas, resulta peculiar cómo la política, controlada por los mayores timones de este país, constituye un juego de voluntades casi inalcanzables para aquellos que lo manifiestan. Sería inviable pensar que la Unión Europea proyectase una imagen del mapa político anexionando países o incluso cualquier Estado miembro; se vería como una utopía. Nos encontramos ante unos tiempos superficiales, donde la inmediatez y las interacciones adelantan al análisis con rigor y ética; donde la compostura social ha perdido tono y solidez; ahora gana lo exacerbado y lo que más rápido capta nuestra atención.

Donald Trump parece saber de lo que va el juego. Desde que salió elegido presidente de la nación americana, ha utilizado la estrategia que mejor le convenía para captar la atención inmediata y el apoyo de su gente. Recordemos aquella “promesa” que hizo en su campaña electoral respecto a la guerra entre Rusia y Ucrania, que sería capaz de parar la guerra en 24 horas. Esta manifestación despertó una ilusión feraz y realmente caló en los estadounidenses, pues comparado a su mandato previo, la contundencia del mensaje no había cambiado, seguía siendo el mismo, con la misma mano dura y el mismo orgullo americano.  La famosa frase “América para los americanos”, pilar de la Doctrina Monroe ha ido evolucionando con los años a “América para los estadounidenses”, sin embargo, parece que los mapas de Trump profundizan mucho más en el mensaje, casi haciéndolo de manera personal para el presidente de los Estados Unidos: “América para mí”. 

Precisamente ahí es cuando observamos cómo los líderes políticos de hoy en día están construyendo el escenario a su medida, llegando incluso a cambiar el término política por propaganda. Este cambio de paradigma se ha manifestado tras el auge de las plataformas digitales, otorgando una libertad incondicional de términos y expresiones que, cada vez más, se van haciendo hueco en el panorama político, sin límites, sin líneas rojas. Y aquí es donde figura la cuestión. La política internacional ha dejado de ser un mapa que ejemplifica únicamente una representación geográfica para convertirse en un mensaje de poder y de superioridad moral. Y ojo, tal vez Trump haya entendido mejor que nadie que, en la política contemporánea, quien controla la conversación posee una parte importante del poder. O bien, quizá deberíamos preguntarnos si merece la pena que la política deba ser un juego de mesa o un boomerang de réplicas anodinas. 

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