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El hogar ya no es, para buena parte de la juventud española, el lugar donde se vive. Es, cada vez más, el lugar al que se vuelve. Esta no es una intuición melancólica ni una queja generacional, es la tesis que sostenía Gaston Bachelard cuando escribió que la casa es nuestro primer universo, el rincón del mundo donde se forma la imaginación y desde donde medimos, después, todos los demás lugares que habitaremos. Bachelard pensaba en la memoria y en la infancia, pero su idea sirve, casi sin retocarla, para describir lo que le ocurre hoy a miles de jóvenes de ciudades como Valladolid.
¿Por qué se van? No por capricho, ni por una vocación innata de movimiento. Se van porque las ciudades medias españolas ya no tienen sitio para ellos. Madrid, Barcelona, Londres, Berlín: el destino cambia, pero el mecanismo es el mismo en todos los casos. No es una elección, sino una estructura.
Aquí conviene ser precisos, porque el relato fácil, el de que «los jóvenes ya no valoran sus raíces» es simplemente falso. Lo que ha cambiado no es el aprecio por el origen, sino la posibilidad material de permanecer en él. Heidegger hablaba del habitar como algo más profundo que ocupar un espacio. Habitar era, para él, la forma en que el ser humano se relaciona con el mundo y se cuida a sí mismo dentro de él. Si seguimos esa idea hasta el final, lo que le sucede a esta generación no es que haya dejado de habitar, sino que ha tenido que aprender a habitar de otra manera, de forma discontinua y repartida entre varios lugares que nunca terminan de ser del todo un hogar.
Y sin embargo el desplazamiento no es una condena. Vivir fuera, mezclarse con otras culturas, aprender otros idiomas, encontrarse con formas distintas de organizar la vida cotidiana es valioso, y esta generación lo sabe mejor que ninguna otra. El error estaría en pensar que movilidad y obligación son incompatibles. No lo son. Conviven en la misma experiencia, casi siempre sin que la persona que las vive pueda separarlas del todo.
¿Qué le ocurre entonces al hogar cuando deja de ser el escenario de la vida diaria? Se concentra. Se condensa en fechas muy concretas y, precisamente por eso, se vuelve más denso, más cargado de significado que cuando se vivía de forma continua. Amigos de la infancia que llevan meses sin verse coinciden de nuevo en las mismas calles, en las mismas peñas, en los mismos bares. No es nostalgia. Es una liturgia laica del reencuentro, repetida cada año con la puntualidad de un rito.
Son los momentos en que una comunidad dispersa se reconstituye simbólicamente, aunque solo sea por unos días. Victor Turner, que estudió los rituales y sus fases, hablaba de la «comunitas»: ese estado de igualdad y pertenencia intensa que surge cuando un grupo se reúne fuera de su rutina habitual. Las fiestas patronales de cualquier ciudad española cumplen exactamente esa función para quienes ya no viven allí.
Lo que estas generaciones están construyendo, sin necesariamente teorizarlo, es una nueva relación con el origen. El hogar deja de ser el punto fijo donde transcurre la vida y pasa a ser el punto de referencia hacia el que esa vida, dispersa geográficamente, sigue orientándose. No hace falta vivir en un lugar para pertenecer a él. Basta con que ese lugar siga siendo el destino al que se vuelve, el sitio donde ciertas relaciones se mantienen intactas pase lo que pase durante el resto del año.
Esto no es una crisis del arraigo, es una resignificación. Y quizás sea momento de dejar de medir el vínculo con el hogar por la cantidad de días que se pasan en él, y empezar a medirlo por la intensidad con la que se regresa.



