La renuncia para la construcción del Yo

Gran parte de la belleza de la literatura es que no actúa únicamente como instrumento didáctico o de entretenimiento, sino que en muchas ocasiones la utilizamos, inconscientemente, como apoyo emocional o psicológico. La literatura consigue que una persona cualquiera del siglo XXI pueda razonar, comprender e incluso identificarse con alguien del siglo XX que ha tenido una vida completamente distinta a la suya, pero cuyo relato de vivencias y sentimientos resulta sorprendentemente idéntico al del propio lector. Leer facilita el descubrimiento de partes de nosotros mismos a partir de la mirada hacia el exterior, y eso es exactamente lo que ocurre al leer la analogía de la higuera que aparece en La campana de cristal, de Sylvia Plath. En este pasaje, Esther, la protagonista, expone su angustia existencial a partir de dos imágenes: la higuera, que representa su vida, y los higos, cada uno de los futuros que desearía vivir. Así es como lo describe:

«Vi mi vida extendiendo sus ramas frente a mí como la higuera verde del cuento.

De la punta de cada rama, como si de un grueso higo morado se tratara, pendía un maravilloso futuro, señalado y rutilante. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era un famoso poeta, y otro higo era un brillante profesor, y otro higo era E Ge, la extraordinaria editora, y otro higo era Europa y África y Sudamérica y otro higo era Constantino y Sócrates y Atila y un montón de otros amantes con nombres raros y profesiones poco usuales, y otro higo era una campeona de equipo olímpico de atletismo, y más allá y por encima de aquellos higos había muchos más higos que no podía identificar claramente.

Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo a mis pies».

El agobio retratado por Esther es equiparable al sentimiento aterrador que experimenta todo joven ante la entrada de la edad adulta. Se trata del comienzo de una etapa en la que nos encontramos a solas con nosotros mismos a la hora de tomar decisiones para que nuestra vida siga avanzando en alguna dirección.

Deja de existir el camino predeterminado al que nos habíamos acostumbrado, y la responsabilidad de lo que ocurra de ahora en adelante, en la medida en que dependa de nosotros, recae sobre nuestra «supuesta» capacidad crítica. Debemos trazar nuestro propio rumbo en solitario.

El momento en el que debemos escoger un camino o, como representa Plath, un solo higo, implica dos miedos (como mínimo). El primero, y más predecible, es el vértigo ante el «qué hubiera sido si». A menudo nos cuesta decidir porque, lejos de centrarnos en el rumbo que hemos elegido, acabamos preocupándonos más por todas las posibilidades que hemos dejado atrás. Así, en nuestras divagaciones nocturnas, aparece una pregunta: ¿quién sería yo hoy si hubiera tomado otras decisiones?

El segundo es el miedo a las consecuencias, a que lo elegido no sea lo que esperábamos. Cuando el único criterio para escoger un rumbo es nuestra propia intuición, nace una sensación de angustia y de culpa anticipada, porque si el camino resulta no ser el «correcto», no habrá nadie a quien echarle la culpa más que a uno mismo.

A partir de todas estas cuestiones, a mí, como lectora de la analogía, me surge una nueva duda (por si las demás no fueran pocas): ¿y si, en vez de no comer ningún higo, hago todo lo contrario y me empacho de todas las versiones de mí que quiero experimentar? ¿Es esto lo que le ocurre a Esther? Querer todos los higos la paraliza: al hacer el amago de vivirlo todo, acaba por no conseguir nada. El intento de abarcarlo todo es otra forma de parálisis; ya lo dice el refranero español: «el que mucho abarca, poco aprieta», por lo tanto la renuncia es el elemento clave para que pueda llevarse a cabo un desarrollo verdaderamente profundo y con rumbo, es esta la que le brinda peso a lo que elegimos.

Para terminar, me gustaría proponer respuestas, o algo semejante a ellas, a las preguntas que he ido planteando a lo largo de este artículo. La primera, y la que considero el núcleo del problema: ¿quién sería yo hoy si hubiera tomado otras decisiones? El Yo existe como resultado de todas las decisiones que hemos ido tomando con el paso del tiempo; por lo que no hay un Yo, ni unos Yoes paralelos, que hayan vivido realidades hipotéticas distintas. La segunda pregunta, que va de la mano de la primera, es si existe el camino correcto, y personalmente creo que no. No hay un camino predeterminado: lo construimos nosotros, de mejor o peor manera, pero siempre será el nuestro, y por eso no no existe un margen para la equivocación. Tampoco hay una meta específica ni un destino asegurado, porque no existe un Yo previo que cumplir.

Como diría Sartre, la existencia precede a la esencia: nos hacemos eligiendo. Y de ahí su famosa afirmación de que el hombre está condenado a ser libre, porque incluso quedarse inmóvil, como Esther en la bifurcación, es ya una elección. Por eso lo importante no es la decisión en sí, sino el acto de decidir.

Plath, al escribir este doloroso relato, consiguió convertir su angustia en palabras: escribir la higuera fue un acto real, una decisión tomada. Esther sobrevive al final del libro, pese a su intento de acabar con su vida. Su supervivencia es una decisión de la autora, que le dio al personaje la salida que quizá no pudo encontrar para sí misma, pues Plath murió apenas un mes después de la publicación de la novela. Aun siendo una historia profundamente dolorosa, queda algo esperanzador en ella: gracias a esa decisión de escribir, una joven del siglo XXI puede reconocerse hoy en una higuera de 1963.

2 comentarios

  1. Me ha encantado el artículo, me parece que ha representado de manera exacta los sentimientos actuales de todos nosotros los jovenes. Gracias por compartirlo y espero leer mucho mas de la autora!!

  2. Que artículo tan interesante e introspectivo, te hace reflexionar y plantearte muchas cosas. Muy bien planteado y desarrollado por parte de Paula, espero poder leer más artículos suyos. También muy de acuerdo con lo que afirma la autora acerca de que la renuncia es el elemento clave y es la que le da importancia y sentido a lo que elegimos.

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