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No sabría definir exactamente en qué momento Kafka en la orilla dejó de parecerme una novela muy bizarra y empezó a parecerme una obra absolutamente brillante. Lo más posible es que ocurriera cuando dejé de tratar de entender cada cosa que pasaba, porque entre los gatos que hablan, identidades que se confunden, y sueños que pesan tanto como los hechos, me resultaría difícil explicar el atractivo de este libro sin incitar al miedo a un lector que aún no conoce a Murakami. Sobre el papel puede parecer un caos, pero, al leer, todo acaba por tener un sentido que es tan complicado de interpretar como de abandonar.
Publicada en 2002, Kafka en la orilla es una de las novelas más conocidas del autor japonés, y hasta el momento, mi favorita. Su literatura suele moverse entre lo cotidiano y lo onírico, y construye personajes que viven en una realidad que parece que se va a desestabilizar en cualquier momento. Si David Lynch escribiera novelas, Murakami acabaría por salir en la conversación.
La premisa sigue dos líneas narrativas que avanzan en paralelo. Por un lado, está Kafka Tamura, un adolescente de quince años que decide escapar de casa para alejarse de su padre y de un destino que le sigue los talones desde pequeño. Su viaje lo lleva hasta Takamatsu, donde encuentra refugio en una biblioteca y conoce a varias personas que van a marcar su camino. Por otro lado, está Satoru Nakata, un anciano que perdió buena parte de sus capacidades intelectuales después de sufrir un accidente durante su infancia. No sabe leer ni escribir, pero puede hablar con gatos. Envidia es lo que siento.
La premisa ya es rara, pero la novela no tarda en ir mucho más allá. El nombre del protagonista no parece casual, aunque por suerte nadie se despierta convertido en un bicho gigante. A medida que ambas historias avanzan, el autor empieza a difuminar las fronteras entre el mundo real y el imaginario. Hay escenas que parecen sueños, personajes cuya existencia no sabemos hasta qué punto interpretar de forma literal y acontecimientos que rompen por completo con cualquier lógica convencional. Lo interesante es que el libro no se detiene a justificarlos. Simplemente los introduce y espera que el lector acepte que, dentro de ese universo, estas cosas pueden ocurrir.
Creo que esta es una de las claves para disfrutar de Kafka en la orilla. Si uno intenta racionalizar cada detalle, puede acabar siendo una búsqueda bastante frustrante de respuestas que seguramente no existen. Murakami plantea muchas preguntas, pero no parece interesado en cerrarlas todas. En lugar de construir un misterio clásico en el que cada pista lleva a una solución concreta, utiliza la incertidumbre como parte de la experiencia de lectura.
Sin embargo, para nada esto significa que todo sea arbitrario. La novela está llena de símbolos, ideas que se repiten y relaciones que permiten interpretar lo que ocurre desde diferentes lugares, lo que pasa es que no existe una única lectura definitiva. El libro te obliga a participar y a decidir qué importancia darles a determinados acontecimientos. Dos lectores pueden terminar la novela con interpretaciones completamente distintas y, por cómo está construida, ambas pueden tener sentido.
Uno de los temas que más me interesó fue la búsqueda de la otra mitad. Los personajes avanzan con la sensación de que les falta algo. En Kafka, esa ausencia tiene que ver con su familia, y en Nakata aparece de una forma distinta, porque él vive prácticamente desconectado de su propia historia. Ambos buscan algo que los complete, aunque no sepan exactamente qué es. El autor plantea esa búsqueda de una manera bastante más amplia. Encontrar la otra mitad no significa necesariamente encontrar una pareja, sino hallar a alguien o algo que permita cerrar una herida, comprender una parte de uno mismo o reconciliarse con el pasado. Esto atraviesa toda la novela y conecta directamente con la memoria.
Los recuerdos tienen un papel enorme. Algunos personajes viven completamente condicionados por lo que recuerdan, mientras que otros parecen avanzar porque carecen de esos recuerdos. Esta dicotomía plantea la memoria como una especie de ser ambiguo. La memoria nos puede ayudar a construir nuestra identidad, pero también puede impedirnos vivir plenamente; la nostalgia puede parecer el simple deseo de volver atrás o una forma de quedarse atrapado dentro de aquello que ya no existe.
Una de las cosas que más me gusta de Murakami como autor es que no necesita complicar demasiado la escritura para crear una atmósfera muy concreta. Cuenta cosas completamente inusitadas con una naturalidad que acaba haciendo que dejes de cuestionarlas. Puede aparecer un gato hablando en medio de una escena cotidiana y, no solo no rompe el tono, sino que termina pareciendo casi lógico.
También me gustó mucho que gran parte de la novela esté hecha de momentos muy normales. Los personajes leen, escuchan música, comen, viajan o simplemente hablan entre ellos. Todo eso hace que lo extraño funcione mejor, porque nunca sentimos que estamos completamente fuera de la realidad. Eso hace que la lectura tenga una sensación de incertidumbre constante. Nunca sabes del todo cuándo va a pasar algo completamente absurdo o cuándo una escena aparentemente tranquila va a cambiar de dirección. Y creo que ahí está gran parte del encanto del libro, en que consigue que lo imposible aparezca sin avisar y, aun así, termina encajando.
Sí que es cierto (y os cuento en confidencia), que hay preguntas que me habría gustado ver algo más desarrolladas y momentos en los que la ambigüedad me pudo parecer excesiva. La novela abre tantas posibilidades que a veces da la impresión de que algunas tramas quedan suspendidas más que cerradas. Aunque creo que pedirle respuestas completas a Murakami sería pedirle algo que nunca ha pretendido ofrecer. La propia estructura del libro invita a aceptar que algunas preguntas permanezcan abiertas. Buscar un centro oculto y una solución definitiva podía ser precisamente una forma de perderse parte de lo que hace interesante a esta novela.
Creo que ahí está también la razón por la que Kafka en la orilla puede provocar reacciones tan distintas. Hay lectores que disfrutarán enormemente de esa libertad y otros que encontrarán frustrante que el libro se niegue a explicarse por completo.
Si eres de los que terminan una película y lo primero que hacen es buscar en Internet la explicación del final, considero que Kafka en la orilla te va a dar bastante trabajo. Murakami no parece especialmente interesado en dejarte todo colocado y etiquetado antes de cerrar el libro. Hay preguntas que se responden, otras que solo se complican y algunas que solo se quedan viviendo contigo un rato. Personalmente creo que ahí está la gracia, porque no hace falta entender todas las cosas para disfrutarlas.
Cuando cerré el libro me quedé con la sensación de haber leído algo que seguía moviéndose. Así que mi consejo sería bastante simple. Entrad en Kafka en la orilla sin intentar controlar demasiado las cosas. Igual la vida también funciona un poco mejor cuando no intentamos entenderlo todo mientras está pasando. Si aparece un gato hablando, seguid leyendo. A lo mejor Murakami sabe exactamente lo que está haciendo. O a lo mejor no. Y sinceramente, creo que tampoco importa demasiado.



