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Ya bien avanzada y superada la euforia colectiva del nuevo eterno comienzo, del empezar de cero, del renovarse que supone septiembre, conviene hacerse una pregunta menos cómoda que la de qué objetivos nos hemos marcado. ¿Qué hay detrás de ellos? Escribimos la lista casi por inercia (retomar el gimnasio, leer más, ordenar la vida, gestionar mejor los sentimientos, levantar 100 kilos en press banca) sin preguntarnos qué esperamos encontrar después. Nos quedamos en la satisfacción temporal de tachar el objetivo de la lista.
Albert Camus recupera en El mito de Sísifo la historia del hombre condenado por los dioses a empujar una roca hasta la cima de una montaña y verla caer una y otra vez. Solemos leerlo como el castigo de quien nunca llega. Pero Sísifo sí llega. Cada vez alcanza la cumbre, y es justo entonces cuando la roca cae. Imaginemos ese instante en nuestra propia vida. La roca alcanza la cumbre, los 100 kilos suben y la barra se queda quieta, arriba, durante un segundo. Objetivo cumplido. ¿Y ahora?
Ahora la roca cae, siempre cae. No porque hayamos fallado, sino porque la cima no es un lugar donde se pueda vivir. La barra vuelve al soporte, salimos del gimnasio, y el martes siguiente es idéntico a cualquier otro martes. Lo que nos sostuvo durante meses no fue el peso levantado, sino la esperanza de levantarlo. Vivíamos inclinados hacia delante, hacia un día que aún no había llegado, y de pronto, con la esperanza cumplida, nos quedamos sin ella. Nadie avisa de ese pequeño vacío que viene después de la meta. Y casi todos lo resolvemos igual, con 105 kilos. Quizá por eso dividimos el tiempo en cursos, años y semanas. Nos proyectamos hacia el futuro, pero necesitamos ese orden para ser conscientes del paso del tiempo y, por tanto, del presente. Otro septiembre, otro enero, otro lunes y otra lista.
Ahí está la pregunta incómoda. Si necesitamos fabricar sin pausa un nuevo objetivo para tener algo hacia lo que empujar, quizá no sea por ambición, sino porque la vida, sin ellos, nos resulta demasiado silenciosa. Camus llamó absurdo a este choque entre nuestro deseo de que todo tenga un sentido y un mundo que no nos lo entrega hecho. Los objetivos son una respuesta muy humana y muy eficaz a ese silencio. Nos dan una montaña propia, un motivo para madrugar, la sensación de que los días van hacia algún sitio. Llenamos la vida de metas para no oír el vacío.
No debemos dejar de subir, pero sí dejar de engañarnos. Lo que le interesa a Camus no es la cima, sino el camino de vuelta hacia la roca caída. Sísifo sabe que la cima no le dará nada definitivo, que nadie va a regalarle un sentido, que la piedra volverá a rodar. Y baja igualmente. Ahí, dice Camus, es más fuerte que su roca.
Camus se detiene ahí, en la lucidez de quien sigue empujando sin esperar nada. Pero a nosotros nos sigue haciendo falta una roca. Si lo único que nos sostiene es el próximo objetivo, vivimos hacia fuera, colgados de algo que aún no ha llegado o que acaba de irse. Cada cima es entonces un préstamo, y cada caída, una deuda.
Quizá el problema no esté en las rocas que elegimos, sino en lo que pretendemos que carguen. Le pedimos a un objetivo que nos dé sentido, ritmo, identidad y ganas, y ninguno puede sostener tanto, porque tarde o temprano todos se cumplen o se abandonan. Los objetivos son necesarios, pero por definición son pasajeros, y deben serlo. Lo que necesitamos es algo que no dependa de ellos, algo que permanezca en nosotros cuando la barra vuelve al soporte, cuando la lista de septiembre envejece, cuando no hay ninguna montaña a la vista. Algo estable, que estuviera antes de la roca y siga estando después. Un suelo propio desde el que subir, y no una cima a la que llegar.
Porque solo quien tiene ese suelo puede empujar la roca por elección y no por miedo al silencio, y bajar sin vacío. Y tal vez esa sea la pregunta que deberíamos hacernos cada septiembre, antes de escribir la lista. No qué queremos conseguir, sino qué queda en nosotros cuando ya lo hemos conseguido, o cuando ya no lo conseguiremos.



